martes, 30 de junio de 2015

EL POETA Y EL TOTALITARISMO




EL  POETA  Y  EL  TOTALITARISMO
La revista chilena Meridional ,en su  número 3 (Octubre de 2014) reproduce las palabras del Sr. Grinor Rojo de la Universidad de Chile, en la presentación del libro El 71, anatomía de una crisis*, del crítico literario cubano Jorge Fornet, en la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Humanidades de esa Casa de Estudios, el pasado 28 de abril de 2014.
¿Por qué traigo a colación este fiambre académico? Sucede que el Sr. Rojo la emprende de entrada irrespetuosamente contra el poeta Heberto Padilla, protagonista y víctima de aquel grotesco aquelarre.
Sin tomarse el trabajo de presentarlo a su auditorio y mucho menos valorar su obra literaria, lo califica de tipo medio huevón, cediendo a la tentación de rebajarse al  lenguaje vulgar, que tanto disfrutan los burgueses rojos, aún si se trata de chilenos.
Empieza por el peor momento: la lamentable confesión durante la sesión  convocada en la UNEAC por el DSE, presidida por el Dr. José Antonio Portuondo, pues el Poeta Nicolás Guillén, con toda dignidad, se excusó de participar en aquella masacre literaria, a la que Rojo califica de Farsa para generar un escándalo que comprometiera el prestigio de la Revolución.
Pasa por alto que al primer actor acababan de retirarle las esposas  los dramaturgos a cargo de la puesta en escena, cuyo objetivo era desprestigiar al poeta y desmoralizarlo radicalmente, para ponerlo al borde del suicidio. Cuando, semanas después, su amigo Alberto Mora optó por quitarse la vida, algunos comentaron en La Habana que Belkis había hecho un cambio de cabeza para salvar a Heberto.
Siempre me he preguntado qué hubiese sucedido si Padilla hubiese perseverado en su postura rebelde. Está claro que sus captores lo acusarían de un delito común, sin conexión alguna con su actividad literaria, para encarcelarlo por varios años, de manera que la vida en prisión lo liquidase.
Heberto era un poeta, no un político. En 1968, el futuro pertenecía por entero al Socialismo, aunque,  como el propio Padilla aseguraba, en el día de hoy está el error que alguien habrá de condenar mañana. Además, él mismo no era un partidario de la derrotada burguesía cubana. No le encontró sentido a inmolarse por una causa que suponía perdida de antemano, y negoció para sobrevivir.
Contrario a las apariencias, las personas que se hicieron cargo de la vida cultural después de la primavera del 71, con el Teniente Luís Pavón al frente, nunca estuvieron dispuestas a facilitar la participación ni de Heberto, ni de ninguno de sus amigos. Sencillamente, se decretó la muerte en vida de todos, no podía mencionárseles en la prensa oficial ni para criticarlos. En el caso específico de Padilla, esta exclusión s extendió hasta su muerte, más de 30 años después, cuando el periódico Juventud Rebelde informó de la muerte del poeta contrarrevolucionario Heberto Padilla.
Tod este genocidio cultural se aplicó en nombre de la pobrecita Isla agredida y acosada por el Imperialismo. Aunque la Biblia no lo aclare, el pequeño David no admite críticas.  Muchos aplausos, como estos del Sr.Rojo, quien puede dar gracias porque su Pinochet nunca declaró que la Universidad era para los reaccionarios.  
 Sólo en 1974, 6 años después, Padilla y Antón recibieron sus modestas invitaciones del Ministerio de Cultura para que asistiesen a la inauguración de una exposición de dibujos del artista Eugenio Blanco Ludovico, en la diminuta Galería del Hotel Habana Libre, que dirigía Luís Silva, un viejo militante del Directorio. Aquella noche, ambos marginados se estrecharon en un efusivo abrazo. Acaso pensaron entonces que  aquel  encuentro habría sido autorizado desde Arriba. En realidad, fue el fruto de un mini-complot, fraguado en una mesita del Té del Capri  por Ludovico, Alejandro Valdés Lorenzo y yo.
Contrario a la festinada imagen que presenta Rojo, los años que siguieron fueron solitarios y laboriosos. Frecuentado por unos pocos amigos, el espacioso apartamento de la Avenida 31 en Playa, a media cuadra de la casa de su primera esposa y eterna enamorada Berta Hernández, le sirvió de refugio, celosamente defendido del alcoholismo por su también perpetua novia, la poeta Belkis Cuza Malé. Allí continuó trabajando Heberto en pro de nuestra poesía. Tradujo el teatro bufo de Mayacovski, la poesía de Bretch y Alicia en el País de las Maravillas, pero el Instituto del Libro desdeñó disciplinadamente sus versiones. Fue una novela de la alemana Ana Segher la primera que recibió el crédito.
Sus últimos años en Cuba los consagró a pulir sus traducciones de la poesía romántica inglesa, en versiones rimadas, de las que se enorgullecía, sobre todo del Tigre de William Blake. Durante el día, solían llamarlo otros traductores ppara hacerle consultas, que Heberto evacuaba, presto y cordial. Dominaba, además del inglés, el ruso y el alemán.
Algunas veces nos concedió el privilegio de escucharlo leer sus nuevos poemas, aún rigurosamente inéditos en la Isla acosada.  Nada que ver con la retorcida imagen del camarada Rojo, quien no conoció ni al Poeta ni al Totalitarismo.
Advierto que el cerco de silencio alrededor del Poeta ha comenzado a quebrarse, solo que en contra de este. Urge que quienes lo conocieron de primera mano presenten sus testimonios, para no dejarles el campo libre a estos estudiosos, tan sospechosamente informados.

Rogelio Fabio Hurtado.



































































































  


EL  POETA  Y  EL  TOTALITARISMO
La revista chilena Meridional ,en su  número 3 (Octubre de 2014) reproduce las palabras del Sr. Grinor Rojo de la Universidad de Chile, en la presentación del libro El 71, anatomía de una crisis*, del crítico literario cubano Jorge Fornet, en la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Humanidades de esa Casa de Estudios, el pasado 28 de abril de 2014.
¿Por qué traigo a colación este fiambre académico? Sucede que el Sr. Rojo la emprende de entrada irrespetuosamente contra el poeta Heberto Padilla, protagonista y víctima de aquel grotesco aquelarre.
Sin tomarse el trabajo de presentarlo a su auditorio y mucho menos valorar su obra literaria, lo califica de tipo medio huevón, cediendo a la tentación de rebajarse al  lenguaje vulgar, que tanto disfrutan los burgueses rojos, aún si se trata de chilenos.
Empieza por el peor momento: la lamentable confesión durante la sesión  convocada en la UNEAC por el DSE, presidida por el Dr. José Antonio Portuondo, pues el Poeta Nicolás Guillén, con toda dignidad, se excusó de participar en aquella masacre literaria, a la que Rojo califica de Farsa para generar un escándalo que comprometiera el prestigio de la Revolución.
Pasa por alto que al primer actor acababan de retirarle las esposas  los dramaturgos a cargo de la puesta en escena, cuyo objetivo era desprestigiar al poeta y desmoralizarlo radicalmente, para ponerlo al borde del suicidio. Cuando, semanas después, su amigo Alberto Mora optó por quitarse la vida, algunos comentaron en La Habana que Belkis había hecho un cambio de cabeza para salvar a Heberto.
Siempre me he preguntado qué hubiese sucedido si Padilla hubiese perseverado en su postura rebelde. Está claro que sus captores lo acusarían de un delito común, sin conexión alguna con su actividad literaria, para encarcelarlo por varios años, de manera que la vida en prisión lo liquidase.
Heberto era un poeta, no un político. En 1968, el futuro pertenecía por entero al Socialismo, aunque,  como el propio Padilla aseguraba, en el día de hoy está el error que alguien habrá de condenar mañana. Además, él mismo no era un partidario de la derrotada burguesía cubana. No le encontró sentido a inmolarse por una causa que suponía perdida de antemano, y negoció para sobrevivir.
Contrario a las apariencias, las personas que se hicieron cargo de la vida cultural después de la primavera del 71, con el Teniente Luís Pavón al frente, nunca estuvieron dispuestas a facilitar la participación ni de Heberto, ni de ninguno de sus amigos. Sencillamente, se decretó la muerte en vida de todos, no podía mencionárseles en la prensa oficial ni para criticarlos. En el caso específico de Padilla, esta exclusión s extendió hasta su muerte, más de 30 años después, cuando el periódico Juventud Rebelde informó de la muerte del poeta contrarrevolucionario Heberto Padilla.
Tod este genocidio cultural se aplicó en nombre de la pobrecita Isla agredida y acosada por el Imperialismo. Aunque la Biblia no lo aclare, el pequeño David no admite críticas.  Muchos aplausos, como estos del Sr.Rojo, quien puede dar gracias porque su Pinochet nunca declaró que la Universidad era para los reaccionarios.  
 Sólo en 1974, 6 años después, Padilla y Antón recibieron sus modestas invitaciones del Ministerio de Cultura para que asistiesen a la inauguración de una exposición de dibujos del artista Eugenio Blanco Ludovico, en la diminuta Galería del Hotel Habana Libre, que dirigía Luís Silva, un viejo militante del Directorio. Aquella noche, ambos marginados se estrecharon en un efusivo abrazo. Acaso pensaron entonces que  aquel  encuentro habría sido autorizado desde Arriba. En realidad, fue el fruto de un mini-complot, fraguado en una mesita del Té del Capri  por Ludovico, Alejandro Valdés Lorenzo y yo.
Contrario a la festinada imagen que presenta Rojo, los años que siguieron fueron solitarios y laboriosos. Frecuentado por unos pocos amigos, el espacioso apartamento de la Avenida 31 en Playa, a media cuadra de la casa de su primera esposa y eterna enamorada Berta Hernández, le sirvió de refugio, celosamente defendido del alcoholismo por su también perpetua novia, la poeta Belkis Cuza Malé. Allí continuó trabajando Heberto en pro de nuestra poesía. Tradujo el teatro bufo de Mayacovski, la poesía de Bretch y Alicia en el País de las Maravillas, pero el Instituto del Libro desdeñó disciplinadamente sus versiones. Fue una novela de la alemana Ana Segher la primera que recibió el crédito.
Sus últimos años en Cuba los consagró a pulir sus traducciones de la poesía romántica inglesa, en versiones rimadas, de las que se enorgullecía, sobre todo del Tigre de William Blake. Durante el día, solían llamarlo otros traductores ppara hacerle consultas, que Heberto evacuaba, presto y cordial. Dominaba, además del inglés, el ruso y el alemán.
Algunas veces nos concedió el privilegio de escucharlo leer sus nuevos poemas, aún rigurosamente inéditos en la Isla acosada.  Nada que ver con la retorcida imagen del camarada Rojo, quien no conoció ni al Poeta ni al Totalitarismo.
Advierto que el cerco de silencio alrededor del Poeta ha comenzado a quebrarse, solo que en contra de este. Urge que quienes lo conocieron de primera mano presenten sus testimonios, para no dejarles el campo libre a estos estudiosos, tan sospechosamente informados.

Rogelio Fabio Hurtado.















































































































  


EL  POETA  Y  EL  TOTALITARISMO
La revista chilena Meridional ,en su  número 3 (Octubre de 2014) reproduce las palabras del Sr. Grinor Rojo de la Universidad de Chile, en la presentación del libro El 71, anatomía de una crisis*, del crítico literario cubano Jorge Fornet, en la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Humanidades de esa Casa de Estudios, el pasado 28 de abril de 2014.
¿Por qué traigo a colación este fiambre académico? Sucede que el Sr. Rojo la emprende de entrada irrespetuosamente contra el poeta Heberto Padilla, protagonista y víctima de aquel grotesco aquelarre.
Sin tomarse el trabajo de presentarlo a su auditorio y mucho menos valorar su obra literaria, lo califica de tipo medio huevón, cediendo a la tentación de rebajarse al  lenguaje vulgar, que tanto disfrutan los burgueses rojos, aún si se trata de chilenos.
Empieza por el peor momento: la lamentable confesión durante la sesión  convocada en la UNEAC por el DSE, presidida por el Dr. José Antonio Portuondo, pues el Poeta Nicolás Guillén, con toda dignidad, se excusó de participar en aquella masacre literaria, a la que Rojo califica de Farsa para generar un escándalo que comprometiera el prestigio de la Revolución.
Pasa por alto que al primer actor acababan de retirarle las esposas  los dramaturgos a cargo de la puesta en escena, cuyo objetivo era desprestigiar al poeta y desmoralizarlo radicalmente, para ponerlo al borde del suicidio. Cuando, semanas después, su amigo Alberto Mora optó por quitarse la vida, algunos comentaron en La Habana que Belkis había hecho un cambio de cabeza para salvar a Heberto.
Siempre me he preguntado qué hubiese sucedido si Padilla hubiese perseverado en su postura rebelde. Está claro que sus captores lo acusarían de un delito común, sin conexión alguna con su actividad literaria, para encarcelarlo por varios años, de manera que la vida en prisión lo liquidase.
Heberto era un poeta, no un político. En 1968, el futuro pertenecía por entero al Socialismo, aunque,  como el propio Padilla aseguraba, en el día de hoy está el error que alguien habrá de condenar mañana. Además, él mismo no era un partidario de la derrotada burguesía cubana. No le encontró sentido a inmolarse por una causa que suponía perdida de antemano, y negoció para sobrevivir.
Contrario a las apariencias, las personas que se hicieron cargo de la vida cultural después de la primavera del 71, con el Teniente Luís Pavón al frente, nunca estuvieron dispuestas a facilitar la participación ni de Heberto, ni de ninguno de sus amigos. Sencillamente, se decretó la muerte en vida de todos, no podía mencionárseles en la prensa oficial ni para criticarlos. En el caso específico de Padilla, esta exclusión s extendió hasta su muerte, más de 30 años después, cuando el periódico Juventud Rebelde informó de la muerte del poeta contrarrevolucionario Heberto Padilla.
Tod este genocidio cultural se aplicó en nombre de la pobrecita Isla agredida y acosada por el Imperialismo. Aunque la Biblia no lo aclare, el pequeño David no admite críticas.  Muchos aplausos, como estos del Sr.Rojo, quien puede dar gracias porque su Pinochet nunca declaró que la Universidad era para los reaccionarios.  
 Sólo en 1974, 6 años después, Padilla y Antón recibieron sus modestas invitaciones del Ministerio de Cultura para que asistiesen a la inauguración de una exposición de dibujos del artista Eugenio Blanco Ludovico, en la diminuta Galería del Hotel Habana Libre, que dirigía Luís Silva, un viejo militante del Directorio. Aquella noche, ambos marginados se estrecharon en un efusivo abrazo. Acaso pensaron entonces que  aquel  encuentro habría sido autorizado desde Arriba. En realidad, fue el fruto de un mini-complot, fraguado en una mesita del Té del Capri  por Ludovico, Alejandro Valdés Lorenzo y yo.
Contrario a la festinada imagen que presenta Rojo, los años que siguieron fueron solitarios y laboriosos. Frecuentado por unos pocos amigos, el espacioso apartamento de la Avenida 31 en Playa, a media cuadra de la casa de su primera esposa y eterna enamorada Berta Hernández, le sirvió de refugio, celosamente defendido del alcoholismo por su también perpetua novia, la poeta Belkis Cuza Malé. Allí continuó trabajando Heberto en pro de nuestra poesía. Tradujo el teatro bufo de Mayacovski, la poesía de Bretch y Alicia en el País de las Maravillas, pero el Instituto del Libro desdeñó disciplinadamente sus versiones. Fue una novela de la alemana Ana Segher la primera que recibió el crédito.
Sus últimos años en Cuba los consagró a pulir sus traducciones de la poesía romántica inglesa, en versiones rimadas, de las que se enorgullecía, sobre todo del Tigre de William Blake. Durante el día, solían llamarlo otros traductores ppara hacerle consultas, que Heberto evacuaba, presto y cordial. Dominaba, además del inglés, el ruso y el alemán.
Algunas veces nos concedió el privilegio de escucharlo leer sus nuevos poemas, aún rigurosamente inéditos en la Isla acosada.  Nada que ver con la retorcida imagen del camarada Rojo, quien no conoció ni al Poeta ni al Totalitarismo.
Advierto que el cerco de silencio alrededor del Poeta ha comenzado a quebrarse, solo que en contra de este. Urge que quienes lo conocieron de primera mano presenten sus testimonios, para no dejarles el campo libre a estos estudiosos, tan sospechosamente informados.

Rogelio Fabio Hurtado.




















































































































  


EL  POETA  Y  EL  TOTALITARISMO
La revista chilena Meridional ,en su  número 3 (Octubre de 2014) reproduce las palabras del Sr. Grinor Rojo de la Universidad de Chile, en la presentación del libro El 71, anatomía de una crisis*, del crítico literario cubano Jorge Fornet, en la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Humanidades de esa Casa de Estudios, el pasado 28 de abril de 2014.
¿Por qué traigo a colación este fiambre académico? Sucede que el Sr. Rojo la emprende de entrada irrespetuosamente contra el poeta Heberto Padilla, protagonista y víctima de aquel grotesco aquelarre.
Sin tomarse el trabajo de presentarlo a su auditorio y mucho menos valorar su obra literaria, lo califica de tipo medio huevón, cediendo a la tentación de rebajarse al  lenguaje vulgar, que tanto disfrutan los burgueses rojos, aún si se trata de chilenos.
Empieza por el peor momento: la lamentable confesión durante la sesión  convocada en la UNEAC por el DSE, presidida por el Dr. José Antonio Portuondo, pues el Poeta Nicolás Guillén, con toda dignidad, se excusó de participar en aquella masacre literaria, a la que Rojo califica de Farsa para generar un escándalo que comprometiera el prestigio de la Revolución.
Pasa por alto que al primer actor acababan de retirarle las esposas  los dramaturgos a cargo de la puesta en escena, cuyo objetivo era desprestigiar al poeta y desmoralizarlo radicalmente, para ponerlo al borde del suicidio. Cuando, semanas después, su amigo Alberto Mora optó por quitarse la vida, algunos comentaron en La Habana que Belkis había hecho un cambio de cabeza para salvar a Heberto.
Siempre me he preguntado qué hubiese sucedido si Padilla hubiese perseverado en su postura rebelde. Está claro que sus captores lo acusarían de un delito común, sin conexión alguna con su actividad literaria, para encarcelarlo por varios años, de manera que la vida en prisión lo liquidase.
Heberto era un poeta, no un político. En 1968, el futuro pertenecía por entero al Socialismo, aunque,  como el propio Padilla aseguraba, en el día de hoy está el error que alguien habrá de condenar mañana. Además, él mismo no era un partidario de la derrotada burguesía cubana. No le encontró sentido a inmolarse por una causa que suponía perdida de antemano, y negoció para sobrevivir.
Contrario a las apariencias, las personas que se hicieron cargo de la vida cultural después de la primavera del 71, con el Teniente Luís Pavón al frente, nunca estuvieron dispuestas a facilitar la participación ni de Heberto, ni de ninguno de sus amigos. Sencillamente, se decretó la muerte en vida de todos, no podía mencionárseles en la prensa oficial ni para criticarlos. En el caso específico de Padilla, esta exclusión s extendió hasta su muerte, más de 30 años después, cuando el periódico Juventud Rebelde informó de la muerte del poeta contrarrevolucionario Heberto Padilla.
Tod este genocidio cultural se aplicó en nombre de la pobrecita Isla agredida y acosada por el Imperialismo. Aunque la Biblia no lo aclare, el pequeño David no admite críticas.  Muchos aplausos, como estos del Sr.Rojo, quien puede dar gracias porque su Pinochet nunca declaró que la Universidad era para los reaccionarios.  
 Sólo en 1974, 6 años después, Padilla y Antón recibieron sus modestas invitaciones del Ministerio de Cultura para que asistiesen a la inauguración de una exposición de dibujos del artista Eugenio Blanco Ludovico, en la diminuta Galería del Hotel Habana Libre, que dirigía Luís Silva, un viejo militante del Directorio. Aquella noche, ambos marginados se estrecharon en un efusivo abrazo. Acaso pensaron entonces que  aquel  encuentro habría sido autorizado desde Arriba. En realidad, fue el fruto de un mini-complot, fraguado en una mesita del Té del Capri  por Ludovico, Alejandro Valdés Lorenzo y yo.
Contrario a la festinada imagen que presenta Rojo, los años que siguieron fueron solitarios y laboriosos. Frecuentado por unos pocos amigos, el espacioso apartamento de la Avenida 31 en Playa, a media cuadra de la casa de su primera esposa y eterna enamorada Berta Hernández, le sirvió de refugio, celosamente defendido del alcoholismo por su también perpetua novia, la poeta Belkis Cuza Malé. Allí continuó trabajando Heberto en pro de nuestra poesía. Tradujo el teatro bufo de Mayacovski, la poesía de Bretch y Alicia en el País de las Maravillas, pero el Instituto del Libro desdeñó disciplinadamente sus versiones. Fue una novela de la alemana Ana Segher la primera que recibió el crédito.
Sus últimos años en Cuba los consagró a pulir sus traducciones de la poesía romántica inglesa, en versiones rimadas, de las que se enorgullecía, sobre todo del Tigre de William Blake. Durante el día, solían llamarlo otros traductores ppara hacerle consultas, que Heberto evacuaba, presto y cordial. Dominaba, además del inglés, el ruso y el alemán.
Algunas veces nos concedió el privilegio de escucharlo leer sus nuevos poemas, aún rigurosamente inéditos en la Isla acosada.  Nada que ver con la retorcida imagen del camarada Rojo, quien no conoció ni al Poeta ni al Totalitarismo.
Advierto que el cerco de silencio alrededor del Poeta ha comenzado a quebrarse, solo que en contra de este. Urge que quienes lo conocieron de primera mano presenten sus testimonios, para no dejarles el campo libre a estos estudiosos, tan sospechosamente informados.

Rogelio Fabio Hurtado.
























































































































  


EL  POETA  Y  EL  TOTALITARISMO
La revista chilena Meridional ,en su  número 3 (Octubre de 2014) reproduce las palabras del Sr. Grinor Rojo de la Universidad de Chile, en la presentación del libro El 71, anatomía de una crisis*, del crítico literario cubano Jorge Fornet, en la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Humanidades de esa Casa de Estudios, el pasado 28 de abril de 2014.
¿Por qué traigo a colación este fiambre académico? Sucede que el Sr. Rojo la emprende de entrada irrespetuosamente contra el poeta Heberto Padilla, protagonista y víctima de aquel grotesco aquelarre.
Sin tomarse el trabajo de presentarlo a su auditorio y mucho menos valorar su obra literaria, lo califica de tipo medio huevón, cediendo a la tentación de rebajarse al  lenguaje vulgar, que tanto disfrutan los burgueses rojos, aún si se trata de chilenos.
Empieza por el peor momento: la lamentable confesión durante la sesión  convocada en la UNEAC por el DSE, presidida por el Dr. José Antonio Portuondo, pues el Poeta Nicolás Guillén, con toda dignidad, se excusó de participar en aquella masacre literaria, a la que Rojo califica de Farsa para generar un escándalo que comprometiera el prestigio de la Revolución.
Pasa por alto que al primer actor acababan de retirarle las esposas  los dramaturgos a cargo de la puesta en escena, cuyo objetivo era desprestigiar al poeta y desmoralizarlo radicalmente, para ponerlo al borde del suicidio. Cuando, semanas después, su amigo Alberto Mora optó por quitarse la vida, algunos comentaron en La Habana que Belkis había hecho un cambio de cabeza para salvar a Heberto.
Siempre me he preguntado qué hubiese sucedido si Padilla hubiese perseverado en su postura rebelde. Está claro que sus captores lo acusarían de un delito común, sin conexión alguna con su actividad literaria, para encarcelarlo por varios años, de manera que la vida en prisión lo liquidase.
Heberto era un poeta, no un político. En 1968, el futuro pertenecía por entero al Socialismo, aunque,  como el propio Padilla aseguraba, en el día de hoy está el error que alguien habrá de condenar mañana. Además, él mismo no era un partidario de la derrotada burguesía cubana. No le encontró sentido a inmolarse por una causa que suponía perdida de antemano, y negoció para sobrevivir.
Contrario a las apariencias, las personas que se hicieron cargo de la vida cultural después de la primavera del 71, con el Teniente Luís Pavón al frente, nunca estuvieron dispuestas a facilitar la participación ni de Heberto, ni de ninguno de sus amigos. Sencillamente, se decretó la muerte en vida de todos, no podía mencionárseles en la prensa oficial ni para criticarlos. En el caso específico de Padilla, esta exclusión s extendió hasta su muerte, más de 30 años después, cuando el periódico Juventud Rebelde informó de la muerte del poeta contrarrevolucionario Heberto Padilla.
Tod este genocidio cultural se aplicó en nombre de la pobrecita Isla agredida y acosada por el Imperialismo. Aunque la Biblia no lo aclare, el pequeño David no admite críticas.  Muchos aplausos, como estos del Sr.Rojo, quien puede dar gracias porque su Pinochet nunca declaró que la Universidad era para los reaccionarios.  
 Sólo en 1974, 6 años después, Padilla y Antón recibieron sus modestas invitaciones del Ministerio de Cultura para que asistiesen a la inauguración de una exposición de dibujos del artista Eugenio Blanco Ludovico, en la diminuta Galería del Hotel Habana Libre, que dirigía Luís Silva, un viejo militante del Directorio. Aquella noche, ambos marginados se estrecharon en un efusivo abrazo. Acaso pensaron entonces que  aquel  encuentro habría sido autorizado desde Arriba. En realidad, fue el fruto de un mini-complot, fraguado en una mesita del Té del Capri  por Ludovico, Alejandro Valdés Lorenzo y yo.
Contrario a la festinada imagen que presenta Rojo, los años que siguieron fueron solitarios y laboriosos. Frecuentado por unos pocos amigos, el espacioso apartamento de la Avenida 31 en Playa, a media cuadra de la casa de su primera esposa y eterna enamorada Berta Hernández, le sirvió de refugio, celosamente defendido del alcoholismo por su también perpetua novia, la poeta Belkis Cuza Malé. Allí continuó trabajando Heberto en pro de nuestra poesía. Tradujo el teatro bufo de Mayacovski, la poesía de Bretch y Alicia en el País de las Maravillas, pero el Instituto del Libro desdeñó disciplinadamente sus versiones. Fue una novela de la alemana Ana Segher la primera que recibió el crédito.
Sus últimos años en Cuba los consagró a pulir sus traducciones de la poesía romántica inglesa, en versiones rimadas, de las que se enorgullecía, sobre todo del Tigre de William Blake. Durante el día, solían llamarlo otros traductores ppara hacerle consultas, que Heberto evacuaba, presto y cordial. Dominaba, además del inglés, el ruso y el alemán.
Algunas veces nos concedió el privilegio de escucharlo leer sus nuevos poemas, aún rigurosamente inéditos en la Isla acosada.  Nada que ver con la retorcida imagen del camarada Rojo, quien no conoció ni al Poeta ni al Totalitarismo.
Advierto que el cerco de silencio alrededor del Poeta ha comenzado a quebrarse, solo que en contra de este. Urge que quienes lo conocieron de primera mano presenten sus testimonios, para no dejarles el campo libre a estos estudiosos, tan sospechosamente informados.

Rogelio Fabio Hurtado.














































 La revista chilena Meridional ,en su  número 3 (Octubre de 2014) reproduce las palabras del Sr. Grinor Rojo de la Universidad de Chile, en la presentación del libro El 71, anatomía de una crisis*, del crítico literario cubano Jorge Fornet, en la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Humanidades de esa Casa de Estudios, el pasado 28 de abril de 2014.
¿Por qué traigo a colación este fiambre académico? Sucede que el Sr. Rojo la emprende de entrada irrespetuosamente contra el poeta Heberto Padilla, protagonista y víctima de aquel grotesco aquelarre.
Sin tomarse el trabajo de presentarlo a su auditorio y mucho menos valorar su obra literaria, lo califica de tipo medio huevón, cediendo a la tentación de rebajarse al  lenguaje vulgar, que tanto disfrutan los burgueses rojos, aún si se trata de chilenos.
Empieza por el peor momento: la lamentable confesión durante la sesión  convocada en la UNEAC por el DSE, presidida por el Dr. José Antonio Portuondo, pues el Poeta Nicolás Guillén, con toda dignidad, se excusó de participar en aquella masacre literaria, a la que Rojo califica de Farsa para generar un escándalo que comprometiera el prestigio de la Revolución.
Pasa por alto que al primer actor acababan de retirarle las esposas  los dramaturgos a cargo de la puesta en escena, cuyo objetivo era desprestigiar al poeta y desmoralizarlo radicalmente, para ponerlo al borde del suicidio. Cuando, semanas después, su amigo Alberto Mora optó por quitarse la vida, algunos comentaron en La Habana que Belkis había hecho un cambio de cabeza para salvar a Heberto.
Siempre me he preguntado qué hubiese sucedido si Padilla hubiese perseverado en su postura rebelde. Está claro que sus captores lo acusarían de un delito común, sin conexión alguna con su actividad literaria, para encarcelarlo por varios años, de manera que la vida en prisión lo liquidase.
Heberto era un poeta, no un político. En 1968, el futuro pertenecía por entero al Socialismo, aunque,  como el propio Padilla aseguraba, en el día de hoy está el error que alguien habrá de condenar mañana. Además, él mismo no era un partidario de la derrotada burguesía cubana. No le encontró sentido a inmolarse por una causa que suponía perdida de antemano, y negoció para sobrevivir.
Contrario a las apariencias, las personas que se hicieron cargo de la vida cultural después de la primavera del 71, con el Teniente Luís Pavón al frente, nunca estuvieron dispuestas a facilitar la participación ni de Heberto, ni de ninguno de sus amigos. Sencillamente, se decretó la muerte en vida de todos, no podía mencionárseles en la prensa oficial ni para criticarlos. En el caso específico de Padilla, esta exclusión s extendió hasta su muerte, más de 30 años después, cuando el periódico Juventud Rebelde informó de la muerte del poeta contrarrevolucionario Heberto Padilla.
Tod este genocidio cultural se aplicó en nombre de la pobrecita Isla agredida y acosada por el Imperialismo. Aunque la Biblia no lo aclare, el pequeño David no admite críticas.  Muchos aplausos, como estos del Sr.Rojo, quien puede dar gracias porque su Pinochet nunca declaró que la Universidad era para los reaccionarios.  
 Sólo en 1974, 6 años después, Padilla y Antón recibieron sus modestas invitaciones del Ministerio de Cultura para que asistiesen a la inauguración de una exposición de dibujos del artista Eugenio Blanco Ludovico, en la diminuta Galería del Hotel Habana Libre, que dirigía Luís Silva, un viejo militante del Directorio. Aquella noche, ambos marginados se estrecharon en un efusivo abrazo. Acaso pensaron entonces que  aquel  encuentro habría sido autorizado desde Arriba. En realidad, fue el fruto de un mini-complot, fraguado en una mesita del Té del Capri  por Ludovico, Alejandro Valdés Lorenzo y yo.
Contrario a la festinada imagen que presenta Rojo, los años que siguieron fueron solitarios y laboriosos. Frecuentado por unos pocos amigos, el espacioso apartamento de la Avenida 31 en Playa, a media cuadra de la casa de su primera esposa y eterna enamorada Berta Hernández, le sirvió de refugio, celosamente defendido del alcoholismo por su también perpetua novia, la poeta Belkis Cuza Malé. Allí continuó trabajando Heberto en pro de nuestra poesía. Tradujo el teatro bufo de Mayacovski, la poesía de Bretch y Alicia en el País de las Maravillas, pero el Instituto del Libro desdeñó disciplinadamente sus versiones. Fue una novela de la alemana Ana Segher la primera que recibió el crédito.
Sus últimos años en Cuba los consagró a pulir sus traducciones de la poesía romántica inglesa, en versiones rimadas, de las que se enorgullecía, sobre todo del Tigre de William Blake. Durante el día, solían llamarlo otros traductores ppara hacerle consultas, que Heberto evacuaba, presto y cordial. Dominaba, además del inglés, el ruso y el alemán.
Algunas veces nos concedió el privilegio de escucharlo leer sus nuevos poemas, aún rigurosamente inéditos en la Isla acosada.  Nada que ver con la retorcida imagen del camarada Rojo, quien no conoció ni al Poeta ni al Totalitarismo.
Advierto que el cerco de silencio alrededor del Poeta ha comenzado a quebrarse, solo que en contra de este. Urge que quienes lo conocieron de primera mano presenten sus testimonios, para no dejarles el campo libre a estos estudiosos, tan sospechosamente informados.

Rogelio Fabio Hurtado.










































































































































  



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