(A mi primo Armando
González Rodríguez, quien sufrió allí)
Al sacerdote franciscano
vasco Javier Arzuaga Lasagabáster le correspondió , en los `primeros meses de
1959, una misión que puso a prueba su condición de sacerdote y de hombre. El
primero de enero de 1959 era el Párroco de la iglesia de Casablanca en La
Habana. El Campamento militar de la Cabaña formaba parte de su parroquia y
habitualmente ·”subía todos los domingos
a celebrar la Misa en la capillita de Santa Bárbara”.
El
nuevo Comandante- sigue diciéndonos Arzuaga- Ernesto Guevara, el Ché. `prohibió la misa,
pero me dio autorización para visitar la cárcel y atender su población de
presos a cualquier hora del día o de la noche. Fungí como capellán de la
prisión de La Cabaña durante cinco meses, hasta la primera semana de junio.
“A
partir del 29 de enero a la madrugada, que se ocupó la que vinimos a llamar galera de la muerte, pasaba por ella
todas las noches a conversar sin prisas y rezar un rato con los condenados.
Acompañé en ese tiempo al paredón de fusilamientos a cincuenta y cinco
condenados a muerte”.
Realmente, me siento
inclinado a transcribir textualmente
todo el testimonio, ya que mis comentarios no pueden recrear el
dramatismo de esta narración que fluye angustiosa entre la vida que se acaba
abruptamente y la vasta muerte. que comienza.
Arzuaga nos concede el
insólito privilegio de compartir los días, las horas y hasta el minuto fatal
junto a los condenados. Así, nos enteramos de la última voluntad del más
conocido de todos, el Teniente Coronel Jesús Sosa Blanco, quien pidió a su
esposa que le trajese unos zapatos nuevos, para estrenarselos en su encuentro
con la señora muerte. “Pidió que le
permitieran ponerse presentable- ropa interior limpia, bañado, afeitado.
Sosa le pidió de favor al sacerdote que se los quitase, ·prefiero que me echen descalzo a
la tierra, tú me los quitas cuando me hayan liquidado y mañana, en Casa Blanca
o en La Habana, se los regalas a un pordiosero, mira que tenga el pie grande.
Se me ha ocurrido gastarles una pequeña broma a la revolución y a Fidel,¿Qué te
parece?
Así, sin estridencias, el
sacerdote va humanizando a estos seres, condenados de antemano por sus vencedores
a una muerte lenta pero segura. El Pâdre les advierte de entrada que no
discutirá con ellos “los hechos que los
han puesto en esta situación” pero indudablemente sabe que ,aunque se
cumplan los formalismos, las sentencias máximas ya han sido dictadas. Esta
certidumbre convierte todo el rito judicial en una farsa agónica.
Hace constar Arzuaga, quien
en el momento de la descarga permanecía casi al lado de ellos, mostrándoles el
crucifijo, que ninguno de los 55 pidió que lo amarrasen al palo ni que le
vendasen los ojos.
La irrepetible Cuba de 1959,
aquella fiesta interminable que siguió a la caída de un régimen dictatorial
repudiado por la inmensa mayoría, hizo de aquellos fusilamientos una suerte de
venganza colectiva. Lo que no sabíamos entonces era que el terrible Paredón
iba a convertirse en el recurso máximo del máximo líder.
Advierto a los amantes de
las bellas letras que no lean este testimonio sobrecogedor, di desean asistir a
la actual Feria del Libro en la Fortaleza de La Cabaña.
Rogelio Fabio Hurtado
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